lunes, 21 de septiembre de 2015

El fraude son ellos.













"Si hubo una hipnosis colectiva a todas las autoridades de mesa y a todos los fiscales para reemplazar las boletas que estaban dentro del sobre y conformarlos así -cortándolos-, puede ser, pero suena un poco a ciencia ficción".


          Estas palabras del Fiscal Di Lello ante el humo de un ex-gobernador bonaerense son un buen principio para entender la complejidad que presupone armar algo para trampear un acto electoral. Pasó Tucumán, pasó Chaco y el hit de las últimas semanas ha sido una palabrita: FRAUDE. Más allá de que el mismo tenga lugar -como nos mostró Darín en “Un cuento chino”- con las cantidades que enuncia y efectivamente trae una caja de clavos (o fósforos), acá el asunto tiene un poquitín de relevancia: hablamos de FRAUDE ELECTORAL.

¿Y qué es eso? ¿Un par de telegramas que no coinciden con las actas de los fiscales partidarios? ¿Algunas urnas quemadas? Frente al monumental aluvión desinformador, que aprovechaba la falta de conocimiento de la inmensa mayoría de la población -que nunca participó como autoridad de un acto eleccionario-, el Director Nacional Electoral intentaba explicar que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Porque como dice Messi: debido a la concentración mediática del bisturí, en la Argentina hay que explicar lo obvio.




Así, es insostenible pretender atribuirle a un puñado de hechos puntuales la capacidad de concluir en fraude. El escrutinio definitivo lo confirmó. Lamentablemente, el sector que perdió, envalentonado por la minoría intensa que siempre manejó los hilos del país y los empuja a querer llegar aunque sea rompiendo el sistema, incitó un levantamiento popular contra las instituciones.



Luego vino algo inédito: un levantamiento institucional contra las propias instituciones. Un sector del Poder Judicial, atribuyéndose una competencia de la que carece ostensiblemente, jugando a soberano y señalando -entre otras cuestiones- que hay mucha pobreza, que la pobreza quita libertad y que esa falta de libertad permite la vulneración de la voluntad a través del clientelismo político. Conclusión: procedimiento electoral viciado y nulo. Parece joda, pero dos voces asumidas en un púlpito del pensamiento universal afirman con convicción un silogismo que atrasa unos ciento cuatro añitos. Desprecian la capacidad de decisión y análisis que tiene cualquier persona en el cuarto oscuro. Además, siguiendo ese razonamiento vainillesco, como la gente de menos recursos no puede pensar (porque tiene necesidades insatisfechas, y ellas acarrean pérdida de libertad), en cada lugar donde existan pobres no puede haber elecciones, porque los procedimientos electorales están viciados. Dicho de otra manera: todas las elecciones del planeta son nulas. Un disparate, por donde se lo mire. Así lo entendió la unanimidad ejemplar que vino a poner racionalidad frente a un fallo que le falló a la sociedad en su conjunto.



Volviendo a la cuestión de la competencia, ¿quién debe decidir en primera instancia acerca de la validez o no de un proceso eleccionario? El mismo Código Nacional Electoral lo establece:



¿Y quién debe intervenir luego? La Corte tucumana lo explica con ánimo docente, comprendiendo el rol fundamental que está desempeñando en esta sentencia:


Para beneplácito de todo el sistema democrático, en el día de la fecha conocimos la resolución del máximo órgano judicial de la provincia de Tucumán, donde puso las cosas en su lugar y terminó con este fiasco que seguramente será estudiado en todas las Facultades de Derecho del país como la soberbia y la arrogancia de un par de pergaminos, ninguneando el ordenamiento positivo y subestimando la capacidad de elección y la dignidad de cientos de miles sin cartel.

Yendo al fondo, detrás de este fantasma del fraude se esconde algo notorio: sea Tucumán, Chaco o cualquier otro distrito, la oposición sabe que va a perder y busca desacreditar las reglas del juego que lo encuentra derrotado. La contundente elección de Peppo, sumada a las ídem de Manzur y Urtubey, confirman un apoyo explícito a la continuidad de lo que se viene haciendo a nivel nacional, algo que la militancia del cambio debiera empezar a respetar y combatir desde la discusión política y propositiva, no buscando dinamitar los cimientos de algo que costó mucho conseguir, con miles de vidas en el camino.

Sucede que venimos escuchando desde hace tiempo que la oposición viene a “recuperar la república”. Curiosa recuperación, prendiendo fuego las instituciones a través de un festival de vetos y el apoyo a un sistema de judicialización de la política. Estamos en presencia de una guardia pretoriana de la república que no hace otra cosa que pasarse los días bastardeando a la república. Raro. No cierra mucho.

Pero más allá de la figura custodiada por la Dra. Carrió, ocurre que, en eso, aparece otra palabrita: DEMOCRACIA. Y ella presupone como factor fundamental la pavada de la soberanía popular; es decir: el pueblo no gobierna ni delibera, sino a través de sus representantes, quienes son elegidos por TODOS y TODAS. Entonces, todos los votos valen 1 (uno), y ahí las cabecitas con pretendido -y autoasumido- raciocinio superior no tienen ganas de ser equiparadas con personas sin secundario completo o estudios universitarios. No califican. “No es justo”, piensan.



Entonces, todo muy lindo con la república, pero no tanto con la democracia. Pareciera ser que la consigna es “república, sí; democracia, no”. Suena a “dejemos la escenografía esta del Poder Legislativo y el Poder Judicial, asumamos nosotros el Poder Ejecutivo, pero que ni quieran opinar los pobres ignorantes que votan a los proyectos políticos que trabajan para remendar esas (sus) necesidades básicas insatisfechas”. O sea: que los humildes voten a los ricos que gobiernan para los ricos y los aborrecen, o entonces no vale. Lo de la derecha es realmente conmovedor: invitan a las mayorías al suicidio y pretenden que éstas lo hagan con una sonrisa, ¡y hasta se enojan si ellas no lo hacen! Lo que surge con elocuencia es que la democracia les queda grande y son una vergüenza. En el vestuario les ha faltado una charla técnica con Don Lucero, para tener en claro cómo es este asunto de la derrota y bancarse ser segundos (que también es ser campJAJAJJAJAJAJJAJA).

Entonces, el fraude a la DEMOCRACIA y la REPÚBLICA que supimos conseguir son aquellas personas con responsabilidad institucional y social (léase: comunicadores) que no aceptan las reglas de juego cuando el resultado de ese funcionamiento va en contra de sus propios intereses, y trabajan para deslegitimar el mismo sistema del que dicen ser garantes.



PD: para leer algo en serio, Wainfeld.

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